7. JESÚS Y EL DINERO
CONDENA DEL DINERO Y
APEGO AL DINERO
Es
una cosa bien sabida que los predicadores eclesiásticos, sobre
todo
si tienen querencia a derrotar por la izquierda, suelen arremeteren sus
sermones contra los muchos peligros que entrañan las riquezas, el amor al
dinero, cualquier afán de lucro y no digamos si lo que se trata de fustigar es
la avaricia, la usura o simplemente la ganancia desmedida.
Al
menos, antiguamente se decían cosas de este tipo. Ahora, que la vida ha
cambiado tanto, se critica a los obispos por sus acuerdos con el Estado, a
veces, por asuntos poco claros (o abiertamente oscuros) en cuestiones de bienes
y finanzas de una Iglesia que luego denuncia las riquezas y el afán por el
dinero.
Como
es lógico, en este asunto cualquiera advierte más de una contradicción. ¿Cómo
se explica que quien condena el dinero sea tan aficionado a él? ¿No indica
esto, más que una contradicción moral, una. Confusión mental en un asunto que
es de los más serios que hay en esta vida para el común de los mortales?
EL "DINERO"
Y EL "CAPITAL"
Para
ponernos en la pista de una adecuada respuesta a lo que acabo
de
preguntar, es conveniente tener presente algo que resulta curiosamente
misterioso. En principio, el dinero es un mero instrumento de cambio, que han
inventado los hombres, para facilitar las lógicas complicaciones que
antiguamente llevaba consigo el "trueque" de bienes y mercaderías.
El
dinero, dice el conocido economista Roland Nitsche, son las "monedas y
billetes de banco que permiten comprar mercancías y servicios" \ Pero el
mismo autor añade inmediatamente: "Definición exacta, cierto, pero que
queda bien lejos de explicarlo todo" \ Por una razón muy sencilla: no es
lo mismo hablar de dinero que hablar de capital.
El
dinero es el mero instrumento de cambio, mientras que el capital
es
el "valor de lo que, de manera periódica o accidental, rinde u ocasiona
rentas, intereses o frutos", según se dice en el Diccionario de la Real
Academia Española. Por tanto, el capital es dinero. Pero dinero puesto a
producir más beneficio económico mediante el rendimiento que proporcionan las
rentas, los intereses o quizá otros frutos que se derivan de su utilización.
Parece
que quien primero habló de esta distinción entre "dinero" y
"capital" fue Antonino de Florencia (1389-1459), que estableció una
oposición neta entre el "préstamo de dinero" {ratio mutui) y la
"inversión de capital" {ratio capitalis) \ En forma de préstamo, el
dinero permanece estéril, sin embargo como capital resulta productivo.
Es
decir, el dinero (si se invierte para producir más ganancias) no tiene el mero
carácter de objeto, sino que, por encima de eso, "posee una propiedad
creadora que es precisamente lo que llamamos capital", afirma Nitsche.
Ahora
bien, a partir de esta distinción, los moralistas cristianos establecieron una
hábil e inteligente diferencia entre el "usurero" y el
"empresario". El primero es un avaro que sólo aspira a acumular
dinero improductivo, con todos los vicios que eso lleva consigo. El segundo,
por el contrario, es un hombre emprendedor, que se arriesga (ya que puede ganar
o perder) al poner su dinero a producir, en lugar de guardarlo avariciosamente.
De
ahí que, según las enseñanzas de los moralistas cristianos (ya desde el siglo
XV), la tarea empresarial es una actividad que conlleva y exige sus propias
virtudes y que agrada a Dios \ Así nació el capital. Y, como es lógico, con el
capital nació también el capitalismo y, en consecuencia, los capitalistas.
LA ACUMULACIÓN Y EL
FETICHE
Según
lo dicho hasta aquí, no habría nada que objetar. El problema
se
plantea cuando caemos en la cuenta de dos hechos que se producen cuando nos las
tenemos que ver con el capital y el capitalismo.
En
primer lugar, que la actividad empresarial y, por tanto, la actividad
capitalista nos ha demostrado, en su ya larga historia, que, por sus propias
leyes y por su propia dinámica, lleva derechamente e inevitablemente a un
proceso de acumulación del capital, que se concentra cada día más y más en
menos personas.
De
donde resulta que capitalismo y desigualdad non dos realidades prácticamente
inseparables. Donde hay capitalismo hay desigualdades económicas, sociales y
culturales que claman al cielo. Y sabemos de sobra que esto, al menos hasta
ahora, no se ha podido evitar. Todo lo contrario, a medida que el capitalismo
se hace más fuerte, en esa misma medida las desigualdades (y todas las
injusticias que llevan consigo) son cada día más agresivas y brutales. Y conste
que, al hablar de este punto, no estamos ante una teoría más o menos
discutible, sino ante un hecho que resulta tan asombroso como criminal.
En
segundo lugar, que, como indicó Carlos Marx, los productos del trabajo, en
cuanto se presentan como mercancías, son como una especie de
"(etichismo". Un fetichismo "inseparable de ese modo de
producción"\ Por supuesto, sabemos que Marx se equivocó en no pocas cosas.
Y sabemos, por experiencia, que el dinero, y más el capital, entrañan una
misteriosa seducción que bien se puede considerar como un fetiche, como algo
casi religioso, que apasiona y ciega hasta el extremo de no ver la vida sino
desde el punto de vista que suministra el afán por la ganancia y la acumulación.
¿ES COMPATIBLE EL
EVANGELIO CON EL PROGRESO ECONÓMICO?
Si
a las incertidumbres y vaivenes que acabo de indicar añadimos ahora las
profundas transformaciones que ha experimentado la economía globalizada y, por
tanto, el capitalismo mundial, se comprende la dificultad que entraña la
aplicación de las enseñanzas del Evangelio sobre el dinero en los tiempos que
estamos viviendo.
Baste
pensar en esto: si todos los mortales tomasen al pie de la letra lo que dicen
determinados textos evangélicos sobre la maldad del dinero y las riquezas, un
buen día nos podríamos encontrar con la desconcertante escena de un padre de
familia, trabajador en una fábrica de automóviles (pongamos por caso), que
llega a su casa y les dice a su mujer y a sus hijos: "Mirad, el mundo es
ya tan cristiano, que me he quedado sin trabajo, porque nadie compra coches y
todos tenemos que vivir en tal pobreza,
que la única salida que nos queda es pasar hambre y vivir con muchas
estrecheces y hasta es posible que en la más cruda miseria".
¿Sería
esto realmente cristiano? ¿es imaginable que Dios quiera semejante situación?
Yo sé que, al decir esto, estoy llevando el problema hasta el absurdo. Pero
quizá por eso este modo de hablar nos ayude a situarnos mejor ante el problema.
Porque tampoco se puede afirmar, así a la ligera, que el crecimiento económico
constante es lo mejor para este mundo.
De sobra sabemos que eso sólo se puede lograr
a costa de empobrecer a millones de criaturas y de destrozar los recursos de la
tierra, el equilibrio ecológico y el futuro de la vida. Lo que es tanto como
decir que el crecimiento económico descontrolado es lo mismo que el
auto-genocidio de la humanidad y, más que nada, el ensañamiento cruel sobre los
millones de seres humanos más desgraciados de este mundo.
La
pregunta acuciante y hasta angustiosa, que nos hacemos en este momento, es tan
clara como difícil de responder: ¿qué nos quiso decir Jesús cuando habló sobre
el dinero y las riquezas? Esta es la cuestión. Para cada ser humano, para los
cristianos en concreto y especialmente
para
la Iglesia.
"NADIE PUEDE
SERVIR A DOS SEÑORES" (MT 6, 24)
En
el sermón del monte, según la redacción que nos dejó el evangelio de Mateo,
Jesús expresa (al menos a primera vista) un rechazo tajante del dinero. Hasta
el punto de que, según parece, quien sirve al dinero no puede servir a Dios. Lo
cual produce la lógica impresión de que Dios y el dinero son incompatibles.
O
sea, el que quiera, de verdad, acercarse a Dios tiene que renunciar a la
posesión de bienes. Y, por el contrario, el que prefiera retener el dinero (y
los bienes que proporciona el dinero) no tiene más remedio que renunciar a
entenderse con Dios. ¿Es esto realmente así? ¿Se puede asegurar tranquilamente
que Dios y el dinero son absolutamente irreconciliables? Pero, entonces, si eso
es efectivamente así, ¿no tendríamos que concluir, en sana lógica, que Dios
está en contra del bienestar y del progreso, puesto que, si queremos bienestar
y progreso, eso sólo se puede alcanzar mediante el dinero y su utilización en
forma de capital?
¿Es
posible estar cerca de Dios teniendo al mismo tiempo un buen nivel de vida?
¿puede un cristiano considerarse seguidor de Jesús si posee una cuenta
corriente (con "visa oro" incluida), percibe un buen sueldo y dispone
de algunos bienes dentro de lo que, en un contexto social determinado, se puede
considerar como un ciudadano que goza de una seguridad económica
"razonable"? En definitiva, ¿qué quiso decir Jesús cuando afirmó que
"no podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24)?
No
viene al caso recordar aquí las numerosas y, a veces, contradictorias
explicaciones
que teólogos y clérigos han intentado buscar a las palabras de Jesús sobre la
compatibilidad o incompatibilidad de Dios y el dinero?. Por lo pronto, vendrá
bien tener en cuenta que Jesús empieza diciendo: "No acumuléis riquezas en
la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder y donde los
ladrones abren boquetes y roban" (Mt 6, 19). Parece lo más razonable
pensar que Jesús se refiere aquí a riquezas improductivas, es decir, dinero o
bienes que se acumulan y se retienen de manera que no se utilizan para nada.
Y
por eso están expuestos a que la polilla y la carcoma acaben con lo que se
tiene celosamente oculto y bien guardado. Dicho de otra manera, parece que
Jesús habla de quienes acumulan cantidades de dinero de manera que se centran
en eso sin pensar en otra finalidad o en otra utilidad que se pueda dar a ese
dinero que poseen. Es el dinero como "tesoro" en el que se centra y
queda atrapado el "corazón", como dice el mismo Jesús cuando afirma:
"Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón" (Mt 6,
21).
¿De
qué se trata? Dios y el dinero Se ha dicho, seguramente con bastante razón, que
"el dinero, como medio absoluto y al mismo tiempo punto de unión de
incontables órdenes finales... tiene relaciones muy importantes con la idea de
Dios, que solamente la psicología puede descubrir, puesto que goza del
privilegio de no cometer ningún sacrilegio'"".
Efectivamente,
el hecho de ganar dinero, por sí solo y por sí mismo, no se considera en los
tratados de moral como algo que ofenda a Dios. Pero no sólo eso. En la
predicación religiosa, se ha dicho muchas veces que el dinero es una bendición
divina. Por ejemplo, en el siglo XIX, el papa Gregorio XVI concedió numerosos
títulos de nobleza a personas y familias acaudaladas por una razón que, a
juicio del pontífice, justifica todo lo demás: "quienes poseen riquezas
suelen ser una ayuda y un ornato para la sociedad cristiana" "'. Es
más, a juicio de aquel papa, las riquezas son una bendición divina, que merece
ser premiada por la Iglesia.
Es
la tesis que defiende este pontífice en los numerosos documentos magisteriales
mediante los que concedió títulos de nobleza a personas acaudaladas,
precisamente porque eran gente de mucho dinero, lo que les permitía llevar una
vida espléndida. Para el papa Gregorio XVI, la cosa estaba clara: a más dinero,
más bendición celestial. Y es que el dinero entraña algo, profundamente
misterioso, que se parece a Dios.
A
una persona le puede interesar el dinero por egoísmo y avaricia o, por el
contrario, le puede interesar el dinero por altruismo y generosidad. El que se
afana por ganar, para hacer un gran capital y pasárselo lo mejor posible sin
pensar en otra cosa, ése evidentemente es un individuo que ha puesto su corazón
en el dinero y en el dinero tiene su tesoro, lo único que de verdad le importa
en la vida.
Por
el contrario, el que se afana por el dinero porque necesita ese dinero para
montar una empresa en la que va a dar puestos de trabajo (debidamente
remunerados) a mucha gente; o simplemente porque tiene una familia a la que no
hay más remedio que sacar adelante cada mes, es claro que, en esos casos (y
tantos otros por el estilo), el dinero no es, ni puede ser, enemigo de Dios.
Porque Dios es el primero que quiere que la gente tenga puestos de trabajo,
como es el primero que quiere también que, en cada casa y en cada familia, haya
dinero para llegar a fin de mes sin apuros o necesidades que quedan al
descubierto.
La
sensatez de Jesús va por otro sitio. Va por el camino que lleva directo a la
felicidad compartida. Eso sí está a nuestro alcance. Dar al que no tiene,
compartir con el que carece de lo indispensable, proporcionar algo de alegría
al que sólo ha saboreado la miseria y la tristeza.
En
definitiva, poner en práctica el programa de las bienaventuranzas. Eso sí que
produce dicha, felicidad y da sentido a la vida. Por otra parte, y como es
lógico, si todos los ricos del mundo pensaran así, es seguro que habría menos
sufrimiento y más esperanza sobre todo entre quienes peor lo pasan en la vida.
Así es la ética de Cristo.
JESÚS Y LOS RICOS
¿Sacamos,
entonces, la conclusión de que los ricos no tienen solución posible a los ojos
de Dios? ¿Se puede asegurar, así tranquilamente, que Jesús rechaza de forma
implacable a todo el que tiene dinero y bienes y al que, por eso mismo, lo pasa
bien en esta vida? Sinceramente, no es fácil responder a estas preguntas.
Porque,
si es verdad que Jesús dijo "¡ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis
vuestro consuelo!" (Le 6, 24), no es menos cierto que el mismo Jesús, que
amenazó a los ricos, tuvo amigos entre gentes de dinero y se dejó invitar a
mesas bien surtidas, por ejemplo, a las comidas que organizaban los publícanos
(Me 2, 15-16 par; Le 19, 1-10; 15, 1-2), que eran gente que no pasaba
precisamente hambre y, además, el dinero que tenían era de origen oscuro y
bastante dudoso.
Y
en dos ocasiones, que sepamos, asistió a banquetes en los que, según las
costumbres orientales, Jesús fue perfumado, con ricos y caros perfumes, por
mujeres que daban que hablar (Le 7, 37-38; Jn 12, 3). Además, sabemos también que
Jesús solía ir acompañado de mujeres a las que hoy llamaríamos señoras "de
buena sociedad", que además "le ayudaban con sus bienes" (Le 8,
2-3). Por eso hay que volver a preguntarse: realmente, ¿en qué quedamos?
¿aceptaba o rechazaba Jesús a los ricos?.
Dos
cosas hay que decir como respuesta: 1) Jesús rechaza a los
"camellos"; 2) Jesús acoge a los que "comparten". Cuando
hablo del rechazo de los "camellos", me refiero al proverbio que
utilizó Jesús cuando le dijo a un rico que "es más fácil que pase un
camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de
Dios" (Me 10, 25 par). En tiempo de Jesús, se utilizaba también la
expresión del elefante y el ojo de la aguja.
Y,
según parece, en el lenguaje popular se empleaba a veces la contraposición de
la hormiga y el camello". La cosa, por tanto, no admite duda. A no ser que
se pretenda forzar el sentido del texto hasta hacerle decir lo contrario de lo
que expresa su significado más obvio. Y no vale echar mano de la variante que
hace del camello un cabo de amarra (kámelos). Porque eso disuelve precisamente
lo paradójico que entraña la sentencia de Jesús.
Una
sentencia que afirma con fuerza ni más ni menos que esto: una persona que
retiene sus bienes para sí solo y, por tanto, se interesa solamente por su
propio bienestar, sin darle a su dinero ningún tipo de productividad y, por
supuesto, negándose a compartir lo suyo con los que pasan faltas y por ello
sufren, esa persona es imposible que entre en el Reino de Dios. Es decir, es
imposible que una persona, que vive en esas condiciones y con semejante
proyecto de vida, acepte y viva el proyecto de Jesús.
ÉTICA Y ECONOMÍA
El
desorden y la confusión, que se advierten en casi todo cuanto se refiere al
complejo mundo de los comportamientos éticos, se ponen actualmente de
manifiesto sobre todo en lo que toca a las relaciones entre ética y economía.
La confusión es tal, que, como se ha dicho muy bien, "en lo que hace a las
relaciones entre economía y ética, la apreciación más común dentro de nuestro
horizonte histórico es la de considerarlas incompatibles. Tal como normalmente
lo sentimos y vivimos, no parece que sea fácil vislumbrar que nuestro actual
horizonte de la economía vaya a estar marcado por la ética". Esta
dificultad llega hasta el extremo de que "parece como si hubiera una
insuperable separación entre el mundo de la economía y el mundo ético, como si
fueran total e irremediablemente incompatibles”.
La
dificultad estriba en que, cuando hablamos de economía, estamos hablando, no
simplemente de dinero, sino de capital. Ahora bien, como es bien sabido, hay
tres clases de capital: el productivo, el comercial y el financiero. Y cada una
de estas formas de capital genera cantidad de problemas que, desde el punto de
vista de la ética, resultan cada día más difíciles de resolver.
Baste
pensar en los numerosos problemas que hoy plantea el capital comercial en su
forma dominante en la actualidad, el comercio global. Sobre todo, los problemas
(concretamente de carácter ético) que provienen de la Organización Mundial del
Comercio (OMC) y las consecuencias que de eso se siguen sobre todo para los
países más pobres del planeta.
Pero,
sin duda alguna, la dificultad mayor está en la globalización de la economía.
Por poner un ejemplo muy simple: la camisa que cualquiera compra en cualquier
tienda de ropa, seguramente está fabricada en un país en el que la gente vive
de forma miserable; y en esa camisa han trabajado manos de niños y niñas que
están sometidos a auténtica esclavitud.
Es
decir, lo más seguro es que Usted lleva puesta una camisa fabricada por
esclavos. Y da lo mismo que la camisa sea cara o barata, que sea de marca o no
tenga marca ninguna. En este momento, todo lo que sea manufactura de ropa,
calzado y mil cosas más, que nos ponemos o nos comemos cada día, ya sea que
compremos eso en unos grandes almacenes o en una "tienda de a cien",
lo más probable es que esas cosas han sido trabajadas duramente, en noches
agotadoras e interminables, por mujeres y niños que seguramente no ganan ni un
dólar al día. Precisamente nuestras compras comerciales nos resultan, con
frecuencia, bastante baratas (pensemos en las "rebajas") porque la
productividad es escandalosamente barata, a costa de la salud y la miseria de
millones de personas.
Del
capital financiero, el que circula por las bolsas de valores y mercados de
finanzas de todo el mundo, no para producir bienes o intercambiar lo que se
produce, sino con la intención primordial y básica de "ir hacia donde se
generen los mayores rendimientos"2/. Es decir, se trata de un capital
destinado fundamentalmente a acumular y, por tanto, a concentrar la riqueza
cada vez más y más en menos propietarios.
Ahora
bien, el capital financiero tiene, entre otras, dos características que son
clave para comprender lo que está ocurriendo ahora mismo en la economía
mundial. La primera característica es la enormidad. Porque son tales las
cantidades de capital, que se dedican a la pura especulación y a la ganancia de
los ricos, que parece increíble lo que está sucediendo en este orden de cosas.
"El volumen de transacciones económicas
mundiales se mide normalmente en dólares estadounidenses. Para la mayoría de la
gente, un millón de dólares es mucho dinero. Medido como fajo de billetes de
cien dólares, abultaría centímetros.
Cien millones de dólares llegarían más alto que la catedral de San Pablo de
Londres. Mil millones de dólares medirían casi 200 kilómetros, 20 veces más que
el monte Everest". Pues bien, añade
Giddens, "sin embargo, se maneja mucho más de mil millones de dólares cada
día en los mercados mundiales de capitales".
8. JESÚS Y EL PODER
La
pregunta que hay que hacerse es ésta: el peligro más grave, que hoy amenaza a
la humanidad, ¿proviene de la ambición por el dinero o tiene su causa principal
en la ambición por el poden Me parece conveniente recordar que, como es fácil
entender, al plantear esta pregunta, no se trata de afrontar una mera
curiosidad propia de personas que no tienen cosas más serias en las que pensar.
Estamos,
sin duda alguna, ante un asunto muy serio. Tan serio, que se trata de saber si
la raíz más profunda del daño que nos causamos a nosotros mismos, y que
causamos a los demás, está en el deseo de dinero o en el deseo de poder. Porque
ahí es donde está el centro mismo del problema. Exactamente en el "deseo".
Sabemos, en efecto, que la raíz última de los mil problemas que nos hacen
sufrir y con los que causamos sufrimiento, está en el deseo. En un caso, el
deseo de dinero. En el otro caso, el deseo de poder. Precisamente por eso,
porque la raíz es común, por eso mismo se comprende que, con frecuencia, haya
numerosas interferencias de estas "ambiciones" o "deseos
desmedidos". Y la prueba está en que, tantas y tantas veces, resulta
difícil saber si lo que mueve a determinados individuos, en sus comportamientos
"ambiciosos", es el ansia de dinero o el ansia de poder.
Con
todo, y aun a sabiendas de la complejidad del asunto, si aquí nos preguntamos
por la "tentación más grave", es porque hay dos hechos que, no sólo
dan pie, sino que obligan a afrontar este problema. El primer hecho está
patente y a la vista de todo el mundo. Ahora mismo hay personas, que tienen
tanto dinero, que ya no saben ni dónde meterlo, ni qué hacer con él, pero lo
sorprendente es que siguen y siguen afanándose, día y noche, por acumular más y
más capital.
Si
tienen hasta en exceso todo lo que puede ofrecer y proporcionar el dinero, ¿a
qué viene seguir y seguir con el afán de acumular más y más? Lo que el dinero
puede dar tiene un límite. Si, a pesar de eso, el deseo de dinero no ceja en su
empeño, hay que preguntarse si ese empeño se centra en el dinero o si lo que
busca es otra cosa, que va mucho más allá de lo que puede proporcionar el
dinero. Es decir, hay que preguntarse si el deseo más poderoso, en la vida de
cualquier ser humano, es el deseo de dinero o el deseo de poder.
Jesús
de Nazaret reunió un grupo de
discípulos, que, en su círculo más reducido, se suele representar en los
"Doce" apóstoles. Pues bien, en la convivencia con este grupo de
hombres, Jesús fue paciente y tolerante hasta extremos que llaman la atención.
Concretamente, Jesús nunca (que sepamos) les echó en cara a aquellos hombres
ambición económica de ningún tipo. Ni les reprendió por asuntos de dinero.
En
el grupo había bolsa común (Jn 13, 29), según parece mal administrada (Jn 12,
6). Pero el evangelio de Juan, que es el que nos informa de estos detalles, no
hace la menor alusión a que ni Jesús ni los demás del grupo dieran importancia
a este asunto.
Sin
duda alguna, en el grupo aquél, el tema económico no parece que constituyera
problema alguno. Por lo menos, es seguro que las comunidades cristianas, en las
que se elaboraron y redactaron los relatos evangélicos, consideraron que no
había nada significativo que destacar y contar a ese respecto. Sin embargo,
cuando aparece el tema del poder, la prepotencia, la prioridad sobre los demás,
el simple hecho de darse importancia o, por el contrario, el desagradable
asunto de los fracasos y frustraciones que nos acarrea la vida, en tales
situaciones, Jesús es tajante y hasta intransigente. En tales ocasiones el
mismo Jesús corta por lo sano y no tiene pelos en la lengua, llamando a las
cosas por su nombre.
La
ética de Cristo se asienta sobre una base fundamental: Jesús vio claramente que
el peligro más grave que amenaza a los seres humanos es la tentación del poder.
Sin duda, porque eso es lo que más daño nos hace a todos, lo que más nos
deshumaniza, lo que más nos divide y lo que, por eso mismo, hace prácticamente
imposible la convivencia en paz, sin agresiones y sin violencia.
De ahí que este es el punto capital en el que
Jesús no toleró, de ninguna manera, las pequeñas o grandes ambiciones de las
que los apóstoles dieron señales manifiestas. Y no es que aquellos hombres
(según parece) fuesen más ambiciosos que el resto de los mortales. Sin duda, en
esto eran como somos los demás.
Ni más ni menos. Sin embargo, Jesús vio que
tenía que cortar de raíz incluso brotes a primera vista insignificantes de
rivalidad y sobre todo las pretensiones de poder de unos sobre otros, por más
que tales pretensiones apareciesen disfrazadas con las mejores intenciones,
como diré en su momento. Porque Jesús quiso dejar bien establecido un principio
que, de haberse aplicado sin concesiones, la historia de los seres humanos en
el planeta tierra habría sido completamente distinta.
Jesús
no se situó, ante sus discípulos, como el superior que exige
"obediencia" a sus "siervos", sino como el amigo ejemplar
que solicita "seguimiento" de sus fieles "amigos" (cf Jn
15, 15). En efecto, el verbo
"obedecer" (ypakoúein) aparece en los evangelios sólo tres veces.
Cuando se dice que "el viento y el mar obedecen" a Jesús (Me 4, 41
par).
Cuando
el propio Jesús les dice a los discípulos que, si tienen fe, hasta un árbol
silvestre (una morera) les obedecerá (Le 17, 6). Y cuando la gente se queda
asombrada al ver que Jesús "da órdenes a los espíritus inmundos y le
obedecen" (Me 1, 27). Es decir, en el lenguaje de los evangelios, la
obediencia se aplica a los elementos inanimados (el mar, el viento), a las plantas
del campo y a los demonios.
De
los discípulos o de cualquier otro ser humano, jamás se dice que se relacionase
con Jesús mediante el sometimiento o la sumisión, que es la respuesta obediente
a un mandato. Esto quiere decir, ante todo, que Jesús no le pide a nadie que
renuncie a su libertad. Y menos aún que ponga esa libertad en manos de nadie,
ni siquiera de Dios, enajenando la capacidad de decidir que, según el Nuevo
Testamento, está presente y no puede faltar donde verdaderamente está el Señor
de la vida y de la historia. Porque "donde hay Espíritu del Señor hay
libertad (2 Cor 3, 17). Por eso, cuando Jesús le dice al Padre del cielo:
"No se haga mi voluntad, sino la tuya".
No
se trata de que Jesús renunció a su propia capacidad de decidir y a su
libertad, sino que, en aquel momento decisivo, fue Jesús quien vio con lucidez
y aceptó con plena libertad que lo más coherente, en aquella situación, era
hacer lo que él vio que le pedía Dios.
El
apóstol Pedro, que se quedó pasmado cuando vio que Jesús venía a hacer una cosa
tan vulgar como era lavarle los pies (Jn 13, 6), una tarea que, en aquella
cultura, era propia de esclavos o sirvientes''. Como es lógico, Pedro se negó
en redondo a que aquello siguiera adelante (Jn 13, 8). Jesús, por supuesto, era
consciente de que la cosa resultaba difícil de entender (Jn 13, 7).
Y
más difícil de aceptar. "No me lavarás los pies jamás" (Jn 13, 8 a),
aseguró Pedro. Por eso Jesús fue tajante: "Si no dejas que te lave, no
tienes nada que ver conmigo" (Jn 13, 8 b).
O
sea, Jesús estaba manifestando que allí había en juego algo tan serio, que si
el mismísimo san Pedro no lo aceptaba, desde aquel instante quedaba rota toda
relación entre Cristo y sus apóstoles. Porque parece razonable pensar que, si
cortaba con la cabeza del "colegio apostólico" (en expresión de la
teología posterior), semejante ruptura equivalía a cortar con todos. "Pues
si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros tenéis
que lavaros los pies unos a otros. Es decir, os he dado un ejemplo para que
igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros" (Jn 13,
14-15).
9. LA AUTORIDAD
EVANGÉLICA
Lo
que acabo de indicar, sobre el poder y la autoridad, no significa ni quiere
decir que en la Iglesia no tenga que existir una autoridad que coordine y
organice el gobierno de la institución. Es una ley sociológica bien conocida
que toda institución, que pretenda perpetuarse, necesita organizarse y, por
tanto, tener sus dirigentes y coordinadores del gobierno. Lo que pasa es que la
autoridad en la Iglesia no puede ser ni otra autoridad, ni más autoridad, que
la autoridad que Jesús el Señor, con su vida y con su ejemplo, dejó
suficientemente bien descrita y configurada.
Resumen
CONDENA DEL DINERO Y
APEGO AL DINERO
Es
una cosa bien sabida que los predicadores eclesiásticos, sobre
todo
si tienen querencia a derrotar por la izquierda, suelen arremeteren sus
sermones contra los muchos peligros que entrañan las riquezas, el amor al
dinero, cualquier afán de lucro y no digamos si lo que se trata de fustigar es
la avaricia, la usura o simplemente la ganancia desmedida.
El
dinero es el mero instrumento de cambio, mientras que el capital
es
el "valor de lo que, de manera periódica o accidental, rinde u ocasiona
rentas, intereses o frutos", según se dice en el Diccionario de la Real
Academia Española. Por tanto, el capital es dinero. Pero dinero puesto a
producir más beneficio económico mediante el rendimiento que proporcionan las
rentas, los intereses o quizá otros frutos que se derivan de su utilización.
"NADIE PUEDE
SERVIR A DOS SEÑORES" (MT 6, 24)
En
el sermón del monte, según la redacción que nos dejó el evangeliode Mateo,
Jesús expresa (al menos a primera vista) un rechazo tajante del dinero. Hasta
el punto de que, según parece, quien sirve al dinero no puede servir a Dios. Lo
cual produce la lógica impresión de que Dios y el dinero son incompatibles. O
sea, el que quiera, de verdad, acercarse a Dios tiene que renunciar a la
posesión de bienes.
"No
acumuléis riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a
perder y donde los ladrones abren boquetes y roban" (Mt 6, 19). Parece lo
más razonable pensar que Jesús se refiere aquí a riquezas improductivas, es
decir, dinero o bienes que se acumulan y se retienen de manera que no se
utilizan para nada. Y por eso están expuestos a que la polilla y la carcoma
acaben con lo que se tiene celosamente oculto y bien guardado.
En
la predicación religiosa, se ha dicho muchas veces que el dinero es una
bendición divina. Por ejemplo, en el siglo XIX, el papa Gregorio XVI concedió
numerosos títulos de nobleza a personas y familias acaudaladas por una razón
que, a juicio del pontífice, justifica todo lo demás: "quienes poseen
riquezas suelen ser una ayuda y un ornato para la sociedad cristiana"
"'.
La
sensatez de Jesús va por otro sitio. Va por el camino que lleva directo a la
felicidad compartida. Eso sí está a nuestro alcance. Dar al que no tiene,
compartir con el que carece de lo indispensable, proporcionar algo de alegría
al que sólo ha saboreado la miseria y la tristeza
ÉTICA Y ECONOMÍA
El
desorden y la confusión, que se advierten en casi todo cuanto se refiere al
complejo mundo de los comportamientos éticos, se ponen actualmente de
manifiesto sobre todo en lo que toca a las relaciones entre ética y economía.
Ahora
bien, el capital financiero tiene, entre otras, dos características que son
clave para comprender lo que está ocurriendo ahora mismo en la economía
mundial. La primera característica es la enormidad
8. JESÚS Y EL PODER
La
pregunta que hay que hacerse es ésta: el peligro más grave, que hoy amenaza a
la humanidad, ¿proviene de la ambición por el dinero o tiene su causa principal
en la ambición por el poden Me parece conveniente recordar que, como es fácil
entender, al plantear esta pregunta, no se trata de afrontar una mera
curiosidad propia de personas que no tienen cosas más serias en las que pensar.
Estamos,
sin duda alguna, ante un asunto muy serio. Tan serio, que se trata de saber si
la raíz más profunda del daño que nos causamos a nosotros mismos, y que
causamos a los demás, está en el deseo de dinero o en el deseo de poder. Porque
ahí es donde está el centro mismo del problema.
LA AUTORIDAD
EVANGÉLICA
Lo
que acabo de indicar, sobre el poder y la autoridad, no significa ni quiere
decir que en la Iglesia no tenga que existir una autoridad que coordine y
organice el gobierno de la institución. Es una ley sociológica bien conocida
que toda institución, que pretenda perpetuarse, necesita, organizarse y, por
tanto, tener sus dirigentes y coordinadores del gobierno. Lo que pasa es que la
autoridad en la Iglesia no puede ser ni otra autoridad, ni más autoridad, que
la autoridad que Jesús el Señor, con su vida y con su ejemplo, dejó
suficientemente bien descrita y configurada.

Articulo
Jesús
en su vida pública marco la historia de
la humanidad pues vio todas la injusticas las reformo y no se quedó callado, si
no que de cada una de ellas nos dejó una
enseñanza para que cada uno de nosotros las pongamos en práctica, uno de los
temas que más abarcan a la humanidad es el dinero por tanto el no dijo:
“no se podéis servir a dos señores”, por tanto la pregunta
es cómo es nuestro uso al momento de manejar el DINERO.
Por
tal motivo es importante primero ver la vida que llevo nuestro maestro, que
aunque podía tener todo el dinero que quisiera, nunca fue su gran mérito, que
desde su nacimiento hasta el fin de vida mortal en nuestra tierra se hizo el
más humilde, que aunque no tenía que trabajar porque sabía que era enviado del
señor lo hizo, que aunque sabía que era rey su única corona fue de espinas, que
aunque tenía el ejército más poderoso y mejor pago nunca lo mando a acabar con
el contrario.
Por
tanto es ver que Jesucristo no era solamente predicar y no aplicar, si no que
más bien predicaba, aplicaba y nos daba la enseñanza para el crecimiento de
cada uno de nosotros, es triste ver dentro de los miembros de la iglesia el
querer que nuestro feligreses deban diezmar u ofrendar porque sino, no está cumpliendo “La Palabra de Dios”.
De
modo que esto tampoco va de acorde con lo que nos dicen las escrituras que de
nada sirve acumular riquezas en la tierra
pues la polilla y la carcoman las echan a perder, pues Jesús nos quería
a no invitaba que el acumular lo único
que trae es prestigio pero nada de bueno para su vida espiritual, por
tanto podemos estar dispuesto a la polilla del pecado, de la perdición, del
egoísmo, de la envidia, del poder, de la vanidad, del orgullo y de actos
inhumanos que son el carcomer o la consumación de nuestras almas y de nuestra
tranquilidad espiritual.
El
mensaje de Jesucristo es que el hombre
viva en felicidad, es triste ver personas llenas de dinero pero que disfrutan
de una tranquilidad si no que a todo lugar deben ir acompañados de algunas personas que
los custodien por miedo a algún secuestro, sicarito o algún otro acto
vandálico, la pregunta es, esto felicidad o más bien una comodidad material con
un vacío grandísimo de libertad.
Por
tanto será cierto que con dinero
recibiremos un poder para toda la
vida , pues no sigo creyendo y es lo mismo Jesucristo el que nos dice que el dinero es el peligro más grave que nos amenaza
a cada uno de nosotros, pues por medio de el solo viene sufrimiento y desdichas, aclarando
que no es para todos igual porque cuando se adquiere de buena manera y se sabe
administrar puede servir para el funcionamiento adecuada de una familia, llevándolos
al triunfo y al poder que es pasajero.
Porque
aunque sea manejado de una buena manera el dinero solamente trae ambición a la
sociedad, es muy cierto que cuando uno tiene algo en el bolsillo, quiere tener
mucho más, por tanto me gustaría recordar las palabras del papa Francisco “ el
diablo entra por los bolsillos”, pues el diablo o el mal lo podemos llamar
dinero o poder.
Las
grandes guerras o momentos inadecuados por los que ha pasado la sociedad ha
sido por la lucha de poderes entre
gobiernos, es ahí donde se ven reflejadas tantas injusticias como (Muertes,
castigos, pobreza, desigualdad, etc.). Solamente
para complacer o completar la riqueza o
el poder de el encargado de iniciar estas luchas de poder que no trae nada
bueno, por tanto nosotros como ciudadanos
cristianos católicos debemos estar lejos del poder y más bien con el
ejemplo ayudar a anunciar la igual de cristo a todas estas personas.
Seguidamente
es importante recapacitar el final de los dictadores
grandes
líderes políticos en la sociedad y es
muy complejo ver como todo el poder que obtuvieron por un tiempo se les fue en
nada y quedaron solamente con: Demandas, cárceles, pobreza o muertos), es esto la felicidad que
quiere Dios para nosotros pues no, el quiere que nosotros seamos justos pues la
palabra de Dios nos invita a ser justo para que nuestra luz brille y de esta
forma viviremos en una sociedad justo y equilibrada.
Pero
esto debe estar siempre a luz de la vida o autoridad evangélica, pues cristo
fue el líder del grupo de los doce y es actualmente el fundador de nuestra
Iglesia, y dejo a cargo de su iglesia a Pedro el cual según la tradición hasta
el día hoy se la ha llamada el vicario de cristo en la tierra y que en la
actualidad está en Manos del Argentino Jorge Mario Bergoglio o más conocido el Papa Francisco, el cual es
la autoridad competente y religiosa ante el mundo de la iglesia la cual es una institución
que debe tener un gobierno que está organizada
de la siguiente manera : ( Papa,
Cardenales, obispos, sacerdotes, Diáconos, religiosos (a), y laicos
comprometidos), que son las personas a las que se les encarga pequeñas porciones
del pueblo de Dios para que las administren.
Pero
hablando siempre en la persona de cristo, pues no somos ni dueños ni nada somos
transitorios en el cargo que estamos utilizando por tanto la única autoridad de
la iglesia es Cristo nadie más y es el máximo jefe de ella.
Para
concluir es importante educarnos en las autoridades evangélicas que hacen parte
de la iglesia, para así no criticar de una forma exagerada a nuestra amada y madre la Iglesia Católica Romana de la cual ninguna
persona es excluida sino más bien se le abren las puertas como el padre
misericordioso, la iglesia espera mucho de nosotros jóvenes, esforcémonos por
ser católicos comprometidos y de fe verdadera con el testimonio de cada día
para que así la iglesia siga cumpliendo su misión de anunciar la Pasión, muerte y resurrección
del verdadero rey de reyes.
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